16 dic 2013

El estudio de cine, lugar de encuentro y desencuentros

Por Cristina Otero Roth
Como soy la más vieja (por ahora) de los que participan en este blog, los colegas me han pedido que hable de los viejos tiempos, de cuando el montaje y todo el proceso de post-producción se hacía en los estudios. Pero tengo un handicap muy grave para llevar a cabo esta tarea: mi mala memoria, así que ruego que nadie lea este humilde texto como si fuera un documento histórico, y si alguien siente verdadera curiosidad sobre este tema, que recurra a fuentes fiables.
Primero, debo aclarar que no soy tan vieja, pero sí lo bastante como para haberme iniciado en este oficio cuando la imagen aún se hacía en celuloide y en magnético el sonido (magnético, sí, como las cintas del cassette pero más anchas; uy, me parece que muchos no sabrán ni lo que era una cassette).

Empecé como ayudante de la ayudante de montaje en los Estudios Billancourt de París. Estaba en 3er y último curso de la escuela cuando llamó Joële Van Effenterre, una de las grandes montadoras del momento, preguntando si había algún estudiante español. Iba a montar una película coproducida entre España y Francia y quería a alguien que hablara ambos idiomas.

Se montaba en esas máquinas maravillosas mal llamadas en español moviolas –una marca americana dio nombre a todas, igual que un kleenex denomina cualquier pañuelo de papel-. Las moviolas estaban instaladas en salas individuales que se repartían a izquierda y derecha de un largo pasillo, como si fueran habitaciones de hotel. Eran salas grandes, donde además de una moviola había estanterías para las latas de positivo, mesas para sincronizar y “cestos” donde el montador colgaba los descartes. En el mismo edificio había también estudios de rodaje, salas de proyección, doblaje, efectos sala y mezclas, oficinas, talleres, archivos de sonido, salas de repicado, y por supuesto, una cafetería generalmente cutre. En Billancourt estaba, además, el laboratorio de revelado y positivado. Se podía hacer una película entera sin salir del recinto. Siempre y cuando no hubiera que rodar en exteriores, claro está, cosa que hasta los años 60, cuando llegó la Nouvelle Vague, era bastante frecuente.

Con aquella llamada me tocó la lotería. Mi primer y último trabajo de ayudante me enseñó el oficio. No digo que en la escuela no hubiera aprendido nada, pero en fin, reconozcamos que nada que me permitiera ganarme la vida.

Recuerdo una sala enorme, con la moviola al fondo, que se podía separar del resto por una cortina. Así el montador se aseguraba una cierta intimidad con el director mientras los ayudantes seguían trabajando en las mesas de sincronización. Mme Van Effenterre me explicó que muchos montadores usaban la cortina para que los ayudantes no vieran cómo montaban las películas, igual que esos viejos operadores que ocultaban el diafragma a sus asistentes. Mi jefa no era así. Para ella, su trabajo tenía dos objetivos: por un lado, montar, y por otro, transmitir sus conocimientos a quienes algún día tomarían el relevo. Me prometí a mí misma cumplir con esa misión sagrada cuando a mi vez fuera montadora, pero la verdad es que no creo que le haya enseñado gran cosa a nadie.

Me estoy perdiendo, el propósito de este texto era hablar de los estudios. Recuerdo en Billancourt atravesar el gran patio de adoquines para ir a recoger las latas de material recién positivado, o acudir a la oficina que despachaba provisiones de cola de arranque (de bobina) y cola lisa (para silencios de sonido), celo (para empalmar los planos), lápices grasos (para escribir en la película),  guantes blancos (para no dejar grasa en el celuloide e impedir que acumulara suciedad) y otras cosas que ya no recuerdo.

En las salas de alrededor se montaban otras películas. Los montadores hablaban con los montadores, y los ayudantes con los ayudantes. Nos informábamos de cosas como: “estamos acabando de sincronizar”,  o: “nosotros ya estamos haciendo los bucles para doblaje”, y contábamos chismes de los directores, de los actores, cosas que nos llegaban del rodaje. Acudíamos cuando era necesario a la sala de al lado a pedir algo de material, como un rollo de celo o un sacapuntas, igual que vecinas que se piden una tacita de sal o un huevo.

Luego se alquiló otra sala para el montador de sonido y su ayudante. Hacia el final se contrató a un auxiliar de apoyo que se llamaba Christian Dior (lo llevaba con bastante sentido del humor). Éramos un gran equipo de seis ¡6! personas. Al final, cuando el montaje se terminó (por cierto, la película era peor que pegarle a un padre), Joële nos invitó a cenar a su casa. Nosotros, los ayudantes, llevamos el champán, y lo abrí con tanta alegría española que me regañaron y me enseñaron que el champagne nunca debe hacer mucha espuma ni desbordar la copa, que eso es una "catetez". En fin, para qué lo vamos a negar, yo era una cateta española.

Después de aquello me instalé en Madrid. Trabajé en Exa, Tecnison, Cinearte, Sincronía, en salas un poco más pequeñas, con moviolas más viejas, con menos medios. En los estudios me llamaban “la niña” en tono despectivo. En las salas de al lado se montaban otras películas, pero nunca hice amistad con los montadores. Yo era una intrusa, no había seguido los pasos establecidos. Una veterana y laureada de nuestro cine, cuando me conoció en Cinearte, me saludó muy simpática, pero a la primera que pilló sola a mi ayudante (mi querida tocaya, tú no eras como ellos) le dijo: “Pero esto qué es, nos están creciendo los enanos”.

Nunca hablé de montaje con ellos. Una pena, porque me apasiona hablar de mi oficio. Ahora encuentro esa oportunidad con gente más joven. Hoy en día que cada cual edita (ya no montamos, editamos) en un ordenador malamente instalado en un cuartucho de la productora o incluso en nuestra propia casa, y que ni siquiera acudimos a los estudios para sonorizar o hacer proyecciones, he empezado a tener cierto contacto con mis colegas. Es verdad que las redes sociales ayudan, pero es paradójico, ¿no os parece?